Jaime Sáenz – En lo alto de la ciudad oscura

Jaime Sáenz Guzmán (La Paz , 1921 – La Paz, 1986 )
En lo alto de la ciudad oscura
Al pasar un cometa (1982)

Leído por Luigi Maria Corsanico

Richard Strauss – op.27 n.4
Vista Trio
Franklyn D’Antonio, violin
Andrew Cook, cello
Shari Raynor, piano

(Imágenes de internet – propiedad de los autores)

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En lo alto de la ciudad oscura

Una noche en una calle bajo la lluvia en lo alto
de la ciudad oscura
con el ruido a lo lejos
es seguro que suspirará
yo suspiraré
tomados de las manos por un gran tiempo
en el interior de la arboleda
sus ojos claros al pasar un cometa
su cara llegada del mar
sus ojos en el cielo mi voz dentro de su voz
su boca en forma de manzana
su cabello en forma de sueño
una mirada nunca vista en cada pupila
sus pestañas en forma de luz un torrente de fuego
todo será mío dando volteretas de alegría
me cortaré una mano por cada suspiro suyo
me sacaré un ojo por cada sonrisa suya
me moriré una vez dos veces tres veces cuatro veces mil veces
hasta morir en sus labios
con un serrucho me cortaré las costillas para entregarle mi corazón
con una aguja sacaré a relucir mi mejor alma para darle una sorpresa
los viernes por la tarde
con el aire de la noche cantando una canción
me propongo vivir trescientos años
en su hermosa compañía.

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Nell’oscurità della città alta

(Versione di Luigi Maria Corsanico)

Di notte in una strada sotto la pioggia
nell’oscurità della città alta
lontano dal rumore
certamente insieme sospireremo
a lungo mano nella mano
nel segreto del bosco
i suoi occhi chiari nel lampo di una cometa
il suo volto marino
gli occhi nel cielo – la mia voce nella sua –
la bocca di mela e i capelli di sogno
nelle pupille uno sguardo mai visto
le sue lucenti ciglia come un infuocato torrente
tutto sarà mio allegramente piroettando
mi taglierò una mano per ogni suo sospiro
mi toglierò un occhio per ogni sorriso
morrò una volta due volte tre volte quattro volte mille volte
fino a morire sulle sue labbra
con un coltello mi aprirò il costato per consegnarle il mio cuore
con un amo ripescherò il meglio di me per sorprenderla
nelle vigilie serali
cantando una canzone nell’aria notturna
voglio vivere trecento anni
meravigliosamente uniti.

 

 

 

Pablo Neruda – Siempre

Pablo Neruda – Siempre
Los versos del Capitán
Las furias

Leído por Luigi Maria Corsanico

“Los Sueños”, Astor Piazzolla
Guitarra:Toni Iñiguez

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Antes de mí
no tengo celos.

Ven con un hombre
a la espalda,
ven con cien hombres en tu cabellera,
ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
ven como un río
lleno de ahogados
que encuentra el mar furioso,
la espuma eterna, el tiempo!

Tráelos todos
adonde yo te espero:
siempre estaremos solos,
siempre estaremos tú y yo
solos sobre la tierra.

Los versos del Capitán fue publicado por primera vez de manera anónima en Italia en 1952, siendo impreso por su amigo Paolo Ricci. Apareció por primera vez bajo la autoría de Neruda en Chile en 1963, con una nota explicativa de su autor de por qué decidió quitarle el anonimato, con firma en Isla Negra en noviembre de ese año.

Eugenio Montejo – Creo en la vida

Eugenio Montejo
(Caracas, 19 de octubre de 1938 – Valencia, 5 de junio de 2008)
Creo en la vida
de Terredad, 1978

Leído por Luigi Maria Corsanico

Arvo Pärt Fratres para Cello y Arpa
Arpège Duo
George Durham – Cello
Kihwa Lee – Arpa

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Creo en la vida bajo la forma terrestre,
tangible, vagamente redonda,
menos esférica en sus polos,
por todas partes llena de horizontes.

Creo en las nubes, en sus páginas
nítidamente escritas,
y en los árboles, sobre todo en el otoño
(A veces creo que soy un árbol).

Creo en la vida como terredad,
como gracia o desgracia.
– Mi mayor deseo fue nacer,
y cada vez aumenta.

Creo en la duda agónica de Dios,
es decir, creo que no creo,
aunque de noche, solo,
interrogo a las piedras,
pero no soy ateo de nada
salvo de la muerte.

PABLO NERUDA – ODA AL OTOÑO

Pablo Neruda – Oda al otoño

Odas Elementales
Pablo Neruda
Losada, Buenos Aires (1954)

Leído por Luigi Maria Corsanico

Gustav Klimt
Buchenwald I 1902

Astor Piazzolla
Cafè 1930
Duo Anlagen
Angela Longo, clarinete
Angelo Martines, guitarra

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Ay cuánto tiempo
tierra
sin otoño,
cómo
pudo vivirse!
Ah qué opresiva
náyade
la primavera
con sus escandalosos
pezones
mostrándolos en todos
los árboles del mundo,
y luego
el verano,
trigo,
trigo,
intermitentes
grillos,
cigarras,
sudor desenfrenado.
Entonces
el aire
trae por la mañana
un vapor de planeta.
Desde otra estrella
caen gotas de plata.
Se respira
el cambio
de fronteras,
de la humedad al viento,
del viento a las raíces.
Algo sordo, profundo,
trabaja bajo la tierra
almacenando sueños.
La energía se ovilla,
la cinta
de las fecundaciones
enrolla
sus anillos.
Modesto es el otoño
como los leñadores.
Cuesta mucho
sacar todas las hojas
de todos los árboles
de todos los países.
La primavera
las cosió volando
y ahora
hay que dejarlas
caer como si fueran
pájaros amarillos.
No es fácil.
Hace falta tiempo.
Hay que correr por
los caminos,
hablar idiomas,
sueco,
portugués,
hablar en lengua roja,
en lengua verde.
Hay que saber
callar en todos
los idiomas
y en todas partes,
siempre
dejar caer,
caer,
dejar caer,
caer
las hojas.
Difícil
es
ser otoño,
fácil ser primavera.
Encender todo
lo que nació
para ser encendido.
Pero apagar el mundo
deslizándolo
como si fuera un aro
de cosas amarillas,
hasta fundir olores,
luz, raíces,
subir vino a las uvas,
acuñar con paciencia
la irregular moneda
del árbol en la altura
derramándola luego
en desinteresadas
calles desiertas,
es profesión de manos
varoniles.
Por eso,
otoño,
camarada alfarero,
constructor de planetas,
electricista,
preservador de trigo,
te doy mi mano de hombre
a hombre
y te pido me invites
a salir a caballo,
a trabajar contigo.
Siempre quise
ser aprendiz de otoño,
ser pariente pequeño
del laborioso
mecánico de altura,
galopar por la tierra
repartiendo
oro,
inútil oro.
Pero, mañana,
otoño,
te ayudaré a que cobren
hojas de oro
los pobres del camino.
Otoño, buen jinete,
galopemos,
antes que nos ataje
el negro invierno.
Es duro
nuestro largo trabajo.
Vamos
a preparar la tierra
y a enseñarla
a ser madre,
a guardar las semillas
que en su vientre
van a dormir cuidadas
por dos jinetes rojos
que corren por el mundo:
el aprendiz de otoño
y el otoño.
Así de las raíces
oscuras y escondidas
podrán salir bailando
la fragancia
y el velo verde de la primavera.

PABLO NERUDA – SONETO XXVII

PABLO NERUDA – SONETO XXVII
“Desnuda eres tan simple como una de tus manos”
Cien sonetos de amor,
Buenos Aires, Editorial Losada,
diciembre de 1959

Leído por Luigi Maria Corsanico

Astor Piazzolla – ‘Oblivion’
Wurttembergisches Kammerorchester Heilbronn
Conductor. Ruben Gazarian
Violin. Arabella Steinbacher

Tamara de Lempicka
Le rêve (Rafaëla sur fond vert), 1927

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Soneto XXVII

Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
tienes líneas de luna, caminos de manzana,
desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
desnuda eres enorme y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo
como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

FEDERICO GARCÍA LORCA – CASIDAS

FEDERICO GARCÍA LORCA
Diván del Tamarit
1927/1934
Casidas
Editorial Losada, 1940
Buenos Aires

Leído por Luigi Maria Corsanico

Francisco Tárrega
Capricho árabe
Isabel Martínez, guitar

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El Diván del Tamarit es un poemario del poeta y dramaturgo español Federico García Lorca (Granada, 1898–1936), una colección de poemas, bajo la denominación de «casidas» y «gacelas», en homenaje a los poetas árabes de Granada. Aunque es posible que la idea se gestara con anterioridad, es en 1934 cuando se dispone de la primera mención del libro como proyecto;​ la Universidad de Granada comenzó el proceso para su impresión en 1934, con un prólogo escrito por el arabista español Emilio García Gómez, edición que no llegó a ver la luz en vida de su autor. Fue publicado póstumamente en 1940 en Buenos Aires por la Editorial Losada .
La palabra Diván deriva del idioma árabe diwan (دیوان), que a su vez proviene del persa, en el que designa una lista o registro. En persa, turco y otros lenguajes, el término pasó a significar una colección de poemas por un mismo autor, como en «obras selectas», o el cuerpo principal de obras de un poeta.
Tamarit era el nombre de una propiedad que la familia de los García Lorca tenía en Granada (también llamada de San Vicente).
La casida (en árabe قصيدة qaṣīda, en persa چكامه chakâmé), es una forma poética propia de la Arabia preislámica.
A lo largo del siglo XX, diversos autores en lengua española han recuperado y empleado la casida para sus propios fines, si bien generalmente no respetan las formas clásicas árabes en sus textos, por lo que lo único que los une con el género original es un sentimiento de nostalgia y pérdida, y una temática generalmente amorosa.
El primero y más conocido es Federico García Lorca, quien en Poeta en Nueva York y sobre todo en Diván del Tamarit incluye un buen número de casidas.

I.      Casida del herido por el agua.
II.     Casida del llanto.
III.   Casida de los ramos.
IV.    Casida de la mujer tendida.
V.     Casida del sueño al aire libre.
VI.   Casida de la mano imposible.
VII.  Casida de la rosa.
VIII. Casida de la muchacha dorada.
IX.    Casida de las palomas oscuras.

Jorge Luis Borges – Episodio del enemigo

Jorge Luis Borges – Episodio del enemigo
En Borges, J.L. (1972) El oro de los tigres,
en Jorge Luis Borges (1974)
Obras Completas, Buenos Aires: Emecé

Leído por Luigi Maria Corsanico

Arvo Pärt – Tabula Rasa – Ludus

Pinturas: Zdzislaw Beksinski (1929-2005)

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Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo.
Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta.
Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara,
pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.
—Uno cree que los años pasan para uno —le dije— pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:
—Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
—Es verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridicula que el perdón.
—Precisamente porque ya no soy aquel niño —me replicó— tengo que matarlo. No se trata de una venganza sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

—Puedo hacer una cosa —le contesté.
—¿Cuál? —me preguntó.
—Despertarme.
Y así lo hice.